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ART FAIR

La Galería Blanca Soto presenta las obras de Rubén Fernádez Castón, Mairi Timoney y el proyecto paisajístico «El Bosque Infinito» del paisajista Rosa María Ceño Elie-Joseph Ginkgo Landscape

Un jardín conceptual diseñado alrededor de las obras de arte de Rubén Fernádez Castón para la Galería Blanca Soto Arte.

Una estructura de círculos concéntricos alberga la obra de arte del escultor y hace eco de tres de sus etapas artísticas en un bosque de árboles reflejado en una lámina de agua.

Geometría, abstracción y color son tres conceptos que Rubén Fernández Castón combina magistralmente al crear sus esculturas. Tres nociones que existen en la naturaleza y que hemos querido recrear en un jardín conceptual que se hace eco de tres instalaciones del artista: «Sin fin», «Entrelíneas» y «De veletas, urracas y otros reflejos».

Tótems, esculturas-cuadro y veletas se fusionan con su entorno en una historia que combina verticalidad, armonía y geometría que caminan hacia la abstracción.

El jardín está formado por tres anillos concéntricos que giran alrededor de una plataforma circular con siete tótems.

Toda la estructura está enmarcada en un cuadrado (1300 m²) bordeado por un seto de laurel, planta consagrada en la antigua Grecia y portadora de paz.

Accedemos al jardín a través de siete ‘pasos-cuadro’ que conforman un sendero y nos hacen pensar en una metáfora geométrica sobre la evolución del artista hacia la verticalidad de los tótems. Se trata de un camino formado por sietes cipreses a cada lado.

Tres veces siete, una repetición que evoca el uso reiterado de franjas idénticas con la que el escultor, con fines estéticos, nos invita a alzar la mirada hacia un cielo sin límites.

El ciprés está considerado como el “árbol de la vida” por su longevidad. Simboliza la unión entre el cielo y la tierra, y la inmortalidad: su verticalidad, su aroma, sus ramas siempre verdes y la profundidad de sus raíces, representan en nuestro bosque infinito un conjunto de formas ascendentes como las esculturas que vamos a encontrar en el centro de la composición.

En el anillo central nos encontramos con una corona azul formada por un bosque de jacarandas que proporcionan color, altura y protección. También es una de las especies que más CO2 consume, una ayuda al cambio climático.

Encontramos cinco bancos de piedra y cada banco está enmarcado por cinco arbustos de mirto, planta aromática. Símbolo de paz y amor en la cultura helenística, aporta calma y armonía a este espacio concebido para la contemplación y la meditación frente a los tótems.

Y por fin llegamos al epicentro del jardín, no sin algún obstáculo como los que nos encontramos en la vida: un dinámico arroyo circular al que únicamente se puede acceder mediante un puente. Entramos en un lugar sagrado en el que siete tótems forman casi un círculo completo. Cada tótem es un universo en sí mismo. Las esculturas miran hacia arriba, hacia el infinito, en un homenaje inmortal que perdura en el tiempo.

Para finalizar, entraremos en el último anillo. A la entrada del jardín el visitante tiene la opción de poder ir a la izquierda o a la derecha. Ambos sentidos nos conducen por un recorrido cromático en que encontramos tres esculturas-veleta de Rubén Fernández Castón.

Tres esculturas en azul, rosa y amarillo encuentran su eco en plantas que florecen en el mismo color que el de la escultura a la que acompañan. El círculo concéntrico que enmarca este conjunto ya no aparece entero sino que, en un ejercicio de clara abstracción, queda representado únicamente por tres segmentos del anillo: los mismos que reverberan la simplicidad de las veletas.

Los cuatro cedros de Líbano situados en las esquinas son árboles sagrados desde la Antigüedad: la fragancia que desprende su madera, su robustez, durabilidad y belleza convirtieron tradicionalmente al cedro en el árbol perfecto para la talla de los tótems. Símbolo de poder y crecimiento, su gran altura, que puede alcanzar los 30m, proporciona sombra y cobijo. Cuatro bancos situados bajo las ramas de cada ciprés invitan al descanso y al recogimiento.

Con ‘El bosque infinito’  se ha realizar un homenaje a los cinco sentidos: la vista se deleita en los colores de las esculturas y de las plantas; el olfato disfruta de las fragancias emanadas de las plantas (cedro, laurel y mirto); el oído capta las melodías de los pájaros, el agua del arroyo y el sonido del viento entre las hojas; el tacto puede acariciar texturas diferentes de las plantas; por último, el gusto está representado por las bayas de mirto.

Nos encontramos ante una colaboración entre artista y paisajista en la que ambos comparten la misma pasión: color y geometría. La naturaleza regala al escultor hierro, madera y pigmentos, y plantas, piedras y agua a la paisajista para que luz, armonía y equilibrio enmarquen una obra abstracta que aspira a perdurar en el tiempo.

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